domingo, 9 de diciembre de 2012

Océano Mar (III)

El domingo pasado releí El Alquimista, la conocidísima obra de Paulo Coelho. Necesitaba refugiarme en un libro así: "mantente atento a las señales". Muchas me han llegado en los últimos días: un mensaje de texto a mi celular; los mails que mi hija Ana me escribe, casi diariamente, desde España; el primer mail que mi hija Carmen ha escrito en su vida; correos electrónicos de mis amigos; señales que he recibido desde películas que emite el receptor de TV; ... Quizá piensen ustedes que estoy loco.

Pero el caso es que creo en estas cosas. Me aferro a ellas.

Cuelgo un poema en este blog y un comentario sobre un libro y recibo mensajes de amistad. Personas que han leído las mismas palabras, la misma novela, pero que han retenido otros párrafos. Frases transcritas que al recibirlas, me ayudan a mí a resistir, como dice, por cierto, el poema de Kipling que ayer otro amigo me recordó.

Allá van los fragmentos de Océano Mar que ayer recibí en mi correo electrónico. Gracias.


"Una vez vi ángeles, estaban a la orilla del mar”.
 “Decir el mar. Decir el mar. Decir el mar. (...) Porque es lo único que nos queda. Porque, frente a él, los que no tenemos cruces, ni viejos, ni magia, tenemos que tener algún tipo de arma, lo que sea, para no morir en silencio.”
 "Todavía hoy en las tierras de Carewall, relatan todos aquel viaje. Cada uno a su manera. Todos sin haberlo visto nunca. Pero no importa. No dejarán nunca de relatarlo. Para que nadie pueda olvidar lo hermoso que sería si, para cada  mar que nos espera, hubiera un río para nosotros. Y alguien -un padre, un amor, alguien- capaz de cogernos de la mano y de encontrar ese río -imaginarlo, inventarlo- y de depositarnos sobre su corriente, con la ligereza de una sola palabra, adiós. Eso, en verdad, sería maravilloso.”